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Vuelo directo al desierto: adulta conoce a SS.MM. los Reyes Magos

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Lola Mellado, Product Manager África de Icárion

junio 2024

Product Manager para África y Oriente Medio en Icárion, Lola lleva más de 15 años trabajando en el sector turístico, pero sintió la llamada de África mucho antes. Llevaba toda su vida soñando con hacer un safari y cuando por fin en 2008 tuvo la oportunidad de viajar a Kenia su vida cambió para siempre. Dejó su trabajo como periodista y luchó hasta conseguir una oportunidad como especialista en el continente del que se había enamorado. Siempre está planificando su próximo viaje a África.

Índice

Un viaje no tan esperado.

Local paseando por las calles tradicionales del pueblo junto a su burro

Hace algunos meses me propusieron viajar al desierto de Marruecos para acudir al encuentro de los Reyes Magos. Reconozco que, aunque lo mío es viajar y no suelo dudar, ¿qué pinto yo, a mis cuarenta y tantos, recibiendo a los Reyes en medio del desierto de Erg Chebbi? Pero, en fin, un viaje es un viaje.

Tiene sus ventajas.

Señal de aviso de dromedarios en mitad del desierto

Acostumbrada como estoy a viajes muy largos, con escalas eternas en aeropuertos enormes, llegar en un par de horas al aeropuerto de Errachidia, al sur de Marruecos, en un vuelo especial directo me pareció un punto positivo. Igual esto no está tan mal.

El equipo brújula.

Actuación del Grupo Brújula

Lo primero que me llamó la atención es que desde el momento en que llegabas al aeropuerto, tu única misión es disfrutar, hasta de las maletas se ocupa el personal de Icárion, un lujo. Mientras esperábamos la salida del vuelo, me fijé en un montón de padres muy sonrientes, un montón de niños que rebosaban de emoción y cuatro personajes muy particulares que se encargaban de hacernos saber a todos que la aventura ya había comenzado: era el equipo brújula, nuestros maravillosos animadores y, a falta de una expresión mejor, "expertos en amistad". Este es un viaje especial, así que el equipo debe serlo también. Norte, Sur, Este y Oeste son cuarto extraordinarios viajeros, cada uno con una personalidad única, que te cuidan, miman y guían desde el primer momento. Su misión: crear recuerdos que perdurarán para siempre y vaya si lo hicieron.

Además conocí al chofer y los guías locales que me acompañaban en esta aventura, verdaderos conocedores de la zona y siempre dispuestos a explicarte lo necesario. Al llegar al primer hotel, Kasbash Xaluca, me quedé alucinada, ¡¡¡parecía un escenario de cine!!! Menuda bienvenida al más puro estilo bereber y me lo quería perder.

Un mercado y una ayuda inesperada.

Imagen de luna de las calles del Mercado Rissani

Al día siguiente recorrimos el mercado local de Rissani. Qué difícil es no dejarse llevar por la energía y la emoción de un auténtico mercado local. Los olores, los sonidos y los colores te transportan a otro tiempo o a otro mundo pues todo es tan diferente, tan vibrante y animado. Este mercado no es para turistas, es donde la gente local compra cada día. Al ser los únicos extranjeros en el mercado, la gente nos miraba con una mezcla de curiosidad y simpatía y muchos se acercaban solo para charlar un rato. Ni siquiera intentaban vendernos nada, tampoco esperaban que comprásemos. Muchos de los clientes vienen de otros pueblos a comprar o intercambiar bienes, el trueque de todo tipo de objetos, e incluso de animales, es algo habitual. Pero si hay algo especial en este mercado, es el parking. No por la forma de aparcar, ni por que haya coches muy lujosos, ni motos muy rápidas. Es porque aquí, se aparcan burros. Los burritos esperan pacientemente aparcados a que sus dueños terminen de comprar o socializar en el mercado. De hecho por poco me tienen que sacar de allí a rastras, es uno de mis animales favoritos y me sentí en la obligación de presentar mis respetos a todos ellos. Aunque no somos clientes habituales, es difícil resistirse a todas esas especias, objetos curiosos o, simplemente, al deseo de formar parte de algo tan único. No lo pude evitar y empecé a buscar algo que comprar. El regateo es parte de la experiencia, muy divertido aunque nunca se me ha dado bien. A quien se le daba de cine era a los niños, estaban como pez en el agua regateando en nombre de sus padres. El objeto en cuestión daba lo mismo, lo mejor de todo era la interacción entre tanta gente, tan diferente. Era difícil distinguir entre las risas de los niños, la de los padres o la de los mercaderes que estaban encantados de tener una clientela tan divertida. Reconozco con cierta vergüenza que fue un niño de 7 años, Manuel, quien me consiguió medio kilo de pimienta y un montón de té a un precio de locura. Yo no tomo té pero si algún día nos visita el rey de Inglaterra, quedará muy satisfecho. Compré un montón de especias, la mitad no sé para qué sirven, pero ¡cómo lo disfruté! Nunca ha tenido tanto sentido para mí la expresión "lo importante es participar". De regreso al hotel, cansada pero muy feliz, me preparé para el desierto. Soy mayorcita para los Reyes Magos pero no para las dunas.

La bienvenida del desierto.

Duna en mitad del desierto

El desierto siempre me impresiona, ese mar rojizo que parece no tener fin, los atardeceres que parecen irreales, sacados de una película. Recorrer esos pueblos a lo largo del camino, saludar a familias nómadas y encontrar oasis de palmeras son experiencias que se quedan grabadas en tu memoria.

En este recorrido, los hoteles son fantásticos, espectaculares, un lujazo. Pero yo me quedo con la sensación de dormir en una haima en medio del desierto. Las haimas son impresionantes, cada una con su propio baño y una gigantesca cama sobre la que, nada más llegar, encontré una chilaba preciosa, con muchos colores y ya me pareció que la noche prometía. Por supuesto, lo primero que hice fue darme una ducha de agua caliente y ponerme mi reluciente chilaba porque, ya sabes, “donde fueres haz lo que vieres”. Llegó la hora de la cena y me encontré con un banquete bereber donde probamos un montón de delicias locales, ¿por qué será que cuando lo estás pasando tan bien todo te sabe aún mejor? Y allí pasamos unas horas maravillosas, bajo un cielo lleno de estrellas, mientras bailábamos al son de la música y contemplábamos a los bailarines y malabaristas.

Interior de una Haima en el campamento del desierto

Por la noche, la temperatura en el desierto baja drásticamente y, como la persona más friolera del mundo que soy, estaba un pelín preocupada. No había por qué. Además del montón de mantas había una bolsa de agua caliente. Si no lo has experimentado nunca, no sabes el placer inmenso de abrazarse a una bolsa de agua caliente en una noche fría. Norte, uno de los animadores, me dijo que metiese la ropa del día siguiente en la cama para que estuviese calentita por la mañana. ¡Qué maravillosa idea!! Cómo se nota que saben lo que hacen. Como la cama es tan enorme, podría haber metido la maleta entera y ni me habría enterado. Pasé una noche de lo más confortable y calentita.

La magia de hacer amigos.

Actuación del grupo Brújula delante de un grupo de niños

No soy la persona más "niñera" del mundo, pero ver a los pequeños haciéndose amigos, jugando con el equipo brújula, sus risas contagiosas resonando por todo el lugar y a los adultos compartiendo anécdotas y estableciendo vínculos con quienes ayer eran desconocidos, me resultó muy reconfortante. Tenía la sensación de estar viajando con amigos. Contra todo pronóstico, lo estaba disfrutando de verdad.

Conociendo otras formas de vivir.

Grupo de habitantes de Khamlia practicando el folclore tradicional

Otro de los momentos que destacaría del viaje es la visita a Khamlia para conocer a sus habitantes, originarios del África subsahariana. Sobre todo me encantó ver a los niños con los ojos como platos mientras descubrían que existen formas muy diferentes de vivir y bailaban con los locales al son del folclore tradicional del pueblo.

Cuando los Reyes Magos me trajeron el mejor regalo.

Niño deslizandose en las dunas del desierto

Pero, claro, si tuviera que quedarme con un instante, uno solo, de toda la experiencia, no sería el mercado vibrante, ni las haimas de lujo, ni las exóticas kasbahs, ni los hotelazos. Ni siquiera el impactante paisaje del desierto, tan único y extraordinario, no. El mejor instante, uno de los mejores de mi vida, fue un extraño reencuentro.

Algo evidente durante todo el viaje era la emoción de los más pequeños. Claro, ellos van a ver a los Reyes Magos. Empecé a pensar en esa época de mi vida, cuando no me podía perder ni un episodio de Fraggle Rock y soñaba con irme de aventuras con el coche fantástico o compartir andanzas con el Equipo A. Recuerdo perfectamente cómo cada sábado me sentaba con mis hermanas mayores a ver la Bola de Cristal y cómo en el bus del cole cantábamos a pleno pulmón "oiga usted, no se ría de la bruja Avería". Mi madre me contó que los camellos que traían a los Reyes Magos comían confeti (no quería que mi padre se pusiera ciego a galletas) y me lo creí. Y también creía que me iba a hacer amiga del monstruo del lago Ness y que iba a vivir grandes aventuras como Indiana Jones y que mi osito Juan cobraba vida por la noche. En esa época, la magia era real, ¿lo recuerdas? Todo era posible, volar como Superman, tomar helado con Espinete o combatir el mal junto al amo del calabozo. En algún momento nos quitan eso y el mundo se vuelve más gris. De repente te entierran bajo un montón de normas sociales (algunas importantes y otras absurdas) y entonces la vida pierde un poco de sabor. Me di cuenta de cuánto echaba de menos esa sensación, la sensación de que todo es posible, de que la magia existe, de que Galdalf podría encomendarme una misión en cualquier momento y no paraba de pensar en cuánto daría por recobrarla, aunque fuese durante unos minutos.

Niña sonriendo mientras habla con un rey mago

Es curioso, pero cuando ves a tres hombres a camello en el desierto, cuando llega ese momento, tu cerebro quiere pensar “son 3 tíos disfrazados” porque, para qué iban los Reyes a pasar por Marruecos si la ruta por Oriente Medio es mucho más recta. Pero entonces pasa una cosa muy curiosa: la glándula pituitaria toma el control y te enchufa un montón de sustancias al cerebro, incluyendo endorfinas, que funcionan como un opioide y, entonces, de repente, tu cerebro te grita “mira, los Reyeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeees” y durante unos minutos, la vida vuelve a ser mágica, todo vuelve a ser posible y montones de aventuras épicas nos aguardan al girar la esquina. Mañana podrías ser el nuevo Indiana Jones, o conocer a E.T. o hacerte amigo de Iñigo Montoya, Fezzik y el hombre de negro y divertirte "asaltando el castillo". Y entonces, para mi sorpresa, me encontré sollozando como una niña, con el corazón en un puño, de vuelta a mi infancia.

Vista del campamento de haimas en mitad del desierto

He tenido la inmensa suerte de conocer muchos sitios, vivir muchas experiencias, encontrar a mucha gente maravillosa a lo largo del camino, pero nada como reencontrar a la pequeña Lola, con toda su ilusión intacta. Pequeña, te he echado de menos.

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