Índice

Cuando me plantearon un viaje a Japón para febrero de 2026, mi mente se trasladó de inmediato a esa mezcla tan japonesa de templos tradicionales combinados con enormes pantallas de neón y tecnología de última generación. Además, después de practicar artes marciales durante más de 50 años, soñaba con acudir al menos a una clase de karate con alguno de esos grandes maestros de los que siempre habíamos oído hablar.
Pero un simple WhatsApp de mi hijo me descubrió un Japón totalmente desconocido para mí. El mensaje decía: «Aita, si puedes vete a la tienda Super Potato y, si no es muy cara, cómprame una Game Boy». Y ahí comenzó un nuevo viaje dentro del viaje.
Viajar a Japón siempre deja huella, pero hacerlo con la mirada puesta en la cultura retro, la tecnología olvidada y los vinilos que marcaron generaciones es entrar en un universo paralelo. Tokio y Osaka, dos ciudades que laten a ritmos distintos, se convierten en un paraíso para quienes buscan objetos con historia, máquinas que ya no deberían existir y música que sigue sonando mejor en un LP que en cualquier plataforma digital.
Este es un recorrido por ese Japón que huele a plástico antiguo, a cartón amarillento, a electrónica que ha sobrevivido a varias mudanzas y a discos que han girado miles de veces. Un Japón que no aparece en las guías turísticas, pero que está vivo en cada callejón, en cada tienda diminuta y en cada estantería repleta de tesoros.

Tokio parece diseñada para que el futuro y el pasado convivan sin molestarse. Entre rascacielos de cristal y neones infinitos se esconden algunos de los mejores rincones del planeta para los amantes de la tecnología retro y los coleccionables.
Akihabara: el templo del retro-tech
Akihabara es el punto de partida inevitable. Aunque hoy es más conocido por el anime y la cultura otaku, sigue siendo un santuario para quienes buscan consolas antiguas, cámaras analógicas, ordenadores de los 80 y cualquier aparato capaz de despertar nostalgia
Tiendas como Super Potato son casi lugares de peregrinación. Cuando subimos a la quinta planta y salimos del ascensor, nos encontramos con un espacio abarrotado de máquinas arcade de los 80, un calor sofocante y un olor a plástico envejecido que te transporta directamente a la infancia.
Después, al bajar por sus escaleras estrechas, la sensación de viaje en el tiempo se intensifica: estanterías llenas de Famicom, Super Famicom, Neo Geo, Dreamcast, Game Boy en todos los colores imaginables —de las que compré una— y cajas impecables de juegos que en Europa solo se ven en museos o colecciones privadas.

Akihabara no es solo videojuegos. En sus calles laterales aparecen tiendas especializadas en:
• Walkmans originales de Sony, algunos nuevos de fábrica
• Mini-Disc, ese formato que murió demasiado pronto
• Cartas de colecciones de anime, con precios inimaginables
• Equipos de música de los 90 que siguen funcionando como el primer día
Tokio tiene la capacidad de conservarlo todo, como si cada objeto mereciera una segunda vida.
Si Akihabara es el templo, Nakano Broadway es la catedral. Este centro comercial de aspecto humilde esconde uno de los ecosistemas más fascinantes del coleccionismo mundial. Aquí, Mandarake reina con sus múltiples tiendas especializadas: figuras vintage, mangas descatalogados, juguetes de los 70, robots de hojalata, cartas coleccionables, props de series japonesas y rarezas que ni sabías que existían.
Cada tienda es un universo propio. Algunas parecen museos; otras, trasteros llenos de tesoros. Lo mejor es caminar sin prisa, dejarse llevar y descubrir objetos que cuentan historias de décadas enteras de cultura pop japonesa.

Tokio también es una ciudad para melómanos. En barrios como Shibuya, Shimokitazawa o Koenji, las tiendas de vinilos florecen como si el CD nunca hubiera existido.
• Disk Union, con sus múltiples sucursales, es un paraíso para encontrar desde jazz japonés hasta rock progresivo europeo
• Recofan, en Shibuya, ofrece montañas de discos usados a precios increíbles.
• HMV Shibuya, renacido como tienda de vinilos, mezcla novedades con ediciones especiales japonesas.
Lo fascinante es la obsesión japonesa por el cuidado del producto: fundas impecables, discos limpios, clasificaciones detalladas. Comprar un vinilo en Tokio es casi un acto ceremonial.

Si Tokio es orden y precisión, Osaka es energía pura. Para mi gusto, más auténtica. Aquí todo es más ruidoso, más directo, más cercano… y más barato. Y su escena retro no se queda atrás.

En el barrio de Nipponbashi se encuentra Den Den Town, una zona que recuerda al Akihabara antiguo. Tiendas pequeñas, precios más amigables y una sensación de autenticidad que enamora.
Aquí puedes encontrar:
• Consolas clásicas a precios más bajos que en Tokio
• Juegos japoneses sin sobreprecio turístico —como en la tienda Surugaya Nipponbashi, donde compramos algunos juegos para la Game Boy—
• Tiendas de electrónica antigua donde aún reparan radios y televisores CRT
• Figuras y coleccionables que parecen haber salido de un almacén olvidado
Den Den Town tiene ese encanto de lo imperfecto, de lo que se mantiene vivo porque la gente lo usa, no porque sea un objeto de culto
Osaka tiene una cultura de segunda mano muy arraigada. Mercados como el de Shitennoji o tiendas como Hard Off y Book Off son minas de oro para quienes buscan tecnología retro o vinilos a precios sorprendentes.
En un mismo pasillo puedes encontrar:
• Un reproductor LaserDisc
• Unos altavoces Technics de los 80
• Un lote de CDs de city pop
• Un vinilo de YMO en estado impecable
La sensación es que Osaka no acumula objetos: los recicla, los reinventa, los mantiene en circulación
Aunque Tokio tiene más tiendas, Osaka ofrece un ambiente más relajado. En barrios como Amerikamura, Namba o Umeda, las tiendas de vinilos son pequeñas, acogedoras y llenas de personalidad.
En Namba descubrí Soundpak Honten, una auténtica mina de clásicos de los 60, 70 y 80. Aquí los dueños suelen charlar contigo, recomendarte discos y compartir historias. Osaka tiene alma, y se nota en cada tienda.

Lo retro en Japón no es una moda pasajera: es parte de su identidad cultural. Hay varias razones por las que este país es un paraíso para coleccionistas:
• Cultura del cuidado: los japoneses cuidan sus objetos como si fueran parte de la familia.
• Espíritu de conservación: nada se tira si puede tener una segunda vida.
• Ediciones exclusivas: Japón siempre ha tenido versiones especiales, colores únicos y lanzamientos limitados.
• Un mercado enorme: la cantidad de productos fabricados durante décadas es inmensa
Por eso, caminar por Tokio y Osaka es como explorar un museo vivo donde puedes tocar, comprar y llevarte un pedazo de historia.
Cuando el viaje terminó y volví a casa, abrí la maleta y me encontré con todo aquello que había ido recogiendo por Tokio y Osaka: la Game Boy para mi hijo, algún vinilo imposible de encontrar aquí, un par de sobres con cartas Pokémon que parecían recién salidos de los años 90, pequeños tesoros que esperaban a que alguien los rescatara. Pero entre todos esos objetos, descubrí algo más valioso: la sensación de haber conectado con un Japón que no sale en los folletos, un Japón que vive en los detalles, en lo que otros descartan, en lo que se conserva porque tiene alma.
Me di cuenta de que cada consola, cada vinilo, cada carta Pokémon que traje conmigo no era solo un objeto. Era un recuerdo. Una historia. Un instante compartido con mi hijo, con mi pasado, con ese niño que fui y que jugaba con máquinas que hoy ya son reliquias. Era también una forma de entender mejor a Japón: un país que mira al futuro sin olvidar lo que lo hizo grande.
Tokio me deslumbró con su energía infinita. Osaka me abrazó con su autenticidad. Y entre ambas ciudades descubrí que lo retro no es nostalgia vacía: es memoria, es identidad, es un puente entre generaciones
Quizá por eso, cuando pongo uno de los vinilos que traje y la aguja cae sobre el disco, no solo escucho música. Escucho el murmullo de Akihabara, el bullicio de Namba, el olor a plástico envejecido de Super Potato, las risas con mi hijo por WhatsApp, y ese Japón que, sin esperarlo, me regaló un viaje dentro del viaje.
Y entonces entiendo que, más allá de los objetos, lo que realmente me traje fue una historia que seguiré contando durante muchos años.

